Fotografía: Redacción CIgdl.
En la campaña presidencial de 2000 me tocó cubrir una de las últimas batallas políticas de Cuauhtémoc Cárdenas. Lo conocí personalmente y pude observar a un hombre que había convertido la democracia y la justicia social en una causa de vida, pero que enfrentaba una paradoja: después de contribuir a abrirle camino a la izquierda mexicana, parecía quedar desplazado por una nueva forma de hacer política.
Recuerdo el ambiente de aquella campaña. Mientras algunos reporteros que cubrían a Vicente Fox y Francisco Labastida parecían más cercanos a la militancia que al ejercicio periodístico, Cárdenas mantenía una actitud prudente. Una escena lo retrató: el 23 de mayo de 2000, durante la conferencia de prensa sobre la fecha del segundo debate presidencial, Fox soltó su ya célebre «¡Hoy, hoy, hoy!». El episodio acaparó la atención pública; Cárdenas, en cambio, seguía en campaña, sin convertir cada gesto en espectáculo.
En una de nuestras conversaciones le pregunté: «¿Algún día cree que México llegue a la verdadera democracia, la justicia social y la honestidad de los funcionarios?». Según recuerdo, respondió que México era democrático, pero que el PRI había traicionado los principios de la Revolución mexicana y que había llegado el momento de recuperarlos para llevar justicia social a todos. Sobre la honestidad de los funcionarios no recuerdo que abundara.
También le pregunté por qué insistía después de 1988, aquella elección que marcó una oportunidad histórica para la izquierda y cuyo resultado quedó bajo la sombra de la controversia. Su respuesta fue breve: «La lucha no me cansa». En el cierre de campaña volví a comentarle que era difícil arrancarle una sonrisa. Me regaló una. Era un gesto pequeño, pero revelador de un hombre que no necesitaba convertir cada aparición en una puesta en escena.
Michoacán seguía siendo su raíz. En los recorridos, «Caminos de Michoacán» acompañaba la memoria de su tierra y el legado de su padre, el general Lázaro Cárdenas. Su proyecto de 2000 defendía la intervención del Estado en la economía, cuestionaba las privatizaciones y el rescate bancario del Fobaproa, y colocaba la justicia social en el centro de su propuesta.
El 2 de julio perdió frente a Fox y quedó en tercer lugar, detrás también de Labastida. Lo vi como un candidato golpeado por el resultado, pero no como alguien dispuesto a aferrarse al poder a cualquier precio.
Con los años, el Fobaproa se convirtió también en una de las principales banderas políticas de Andrés Manuel López Obrador. Mi impresión es que su fuerza electoral terminó pesando más que la discusión técnica y financiera que exigía el rescate bancario. La diferencia entre Cárdenas y López Obrador no estaba solamente en sus métodos, sino en la manera de entender la construcción de un proyecto político.
De acuerdo con personas que conocieron aquella relación en el ámbito legislativo, Macario Schettino habría esperado un lugar en el equipo económico de López Obrador y se sintió desplazado cuando la Secretaría de Finanzas quedó en manos de Carlos Urzúa. Es una versión que ayuda a entender parte de las tensiones de aquel entorno, aunque no basta para explicar por sí sola las posiciones que Schettino adoptaría después.
La distancia de Cárdenas con el rumbo de Morena se hizo pública. En 2014 renunció al PRD por sus diferencias con la dirigencia. Y en marzo de 2023, cuando le preguntaron si veía un proyecto de izquierda gobernando México, respondió simplemente: «No». Cuestionó la falta de una reforma fiscal profunda, la continuidad del modelo económico y la política de seguridad. En 2024 anunció que votaría por Claudia Sheinbaum, pero aclaró que no pertenecía a ningún partido. Su respaldo electoral no significaba una adhesión incondicional al proyecto de la llamada Cuarta Transformación.
También advirtió sobre el riesgo de tratar a los sectores más pobres como un botín político, en vez de trabajar para reducir las desigualdades y ampliar sus oportunidades. La respuesta era reveladora porque provenía de alguien que había dedicado buena parte de su vida a construir una alternativa de izquierda en México. No estaba cuestionando la necesidad de la justicia social, sino la distancia entre invocarla y convertirla en resultados.
Quizá ahí está la paradoja de Cárdenas: ayudó a construir el camino que permitió a la izquierda llegar al poder, pero no necesariamente reconoció en quienes lo ocuparon la continuidad de sus ideales.
En aquella campaña le pregunté si algún día se cansaría de luchar. Su respuesta sigue teniendo sentido frente a las contradicciones de la política mexicana: «La lucha no me cansa». Lo que queda por preguntarse es si quienes heredaron aquella lucha todavía recuerdan por qué comenzó.
@JErnestoMadrid
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