Soberanía, campaña y los otros dueños del territorio

Soberanía, campaña y los otros dueños del territorio

Fotografía: Redacción CIgdl.

• Claudia Sheinbaum cerró su gira nacional con un discurso de defensa frente a Trump que también funcionó como plataforma política rumbo a 2027.

La política tiene sus rituales. Y el Zócalo es uno de los más eficaces.

Claudia Sheinbaum cerró ahí su recorrido por las 32 entidades para rendir cuentas de su segundo año de gobierno. Lo hizo con una bandera que difícilmente pierde rentabilidad política: la defensa de la soberanía frente a Estados Unidos.

“Los mexicanos no queremos injerencias, ni intervencionismo, ni violación a nuestra territorialidad”, dijo la presidenta ante miles de simpatizantes. Después remató: ninguna potencia extranjera ni élite económica o política tiene derecho a decidir el futuro de México.

El mensaje tenía destinatario evidente: Donald Trump. Pero sería ingenuo pensar que el discurso sólo estaba dirigido a Washington. Sheinbaum encontró en la presión estadounidense un recurso político doméstico.

La amenaza externa permite cerrar filas, convertir la defensa de México en defensa del gobierno y colocar a Morena del lado de la patria, mientras sus adversarios quedan, una vez más, bajo sospecha de estar buscando ayuda afuera. La fórmula ya la había utilizado Andrés Manuel López Obrador. La diferencia es que ahora el contexto es más incómodo.

La defensa de la soberanía frente a Trump le permite a Sheinbaum colocarse en el terreno político donde Morena se siente más cómodo: México frente al extranjero; el pueblo frente a las élites; independencia frente a intervencionismo. Y el Zócalo, naturalmente, no es de manera precisa un salón de conferencias diplomáticas. Es un escenario político.

Trump ha elevado la presión sobre México por el narcotráfico, las armas y la violencia. Sheinbaum responde con la misma fórmula de “coordinación sí, subordinación jamás”. Es políticamente eficaz y diplomáticamente comprensible. El problema aparece cuando la defensa de la soberanía se confunde con la capacidad real del Estado para ejercerla. Porque la pregunta incómoda es ésta: ¿de qué sirve proclamar que México no acepta intervenciones extranjeras si en algunas regiones tampoco consigue impedir la intervención de los grupos criminales?

Ahí está la contradicción que el discurso del Zócalo no resolvió. Mientras la presidenta hablaba de soberanía, un estudio del Human Rights Center de la Universidad de Berkeley documenta 337 periodistas y defensores de derechos humanos asesinados entre diciembre de 2018 y septiembre de 2024: 78 periodistas y 259 defensores. También documenta el uso de Pegasus y otras herramientas de vigilancia contra periodistas y críticos, así como altos niveles de impunidad durante el gobierno de López Obrador. La investigación señala que quienes investigaban corrupción, delincuencia y abusos del Estado fueron objeto de ataques.

No es un detalle menor. La soberanía también se mide por la capacidad de garantizar que un periodista pueda investigar al poder —político o criminal— sin convertirse en objetivo.

Sheinbaum llega al cierre de esta gira con una aprobación todavía elevada: El Financiero la ubicó en 68% en agosto. Pero hay una pequeña grieta en esa fotografía: seguridad, crimen organizado y corrupción son precisamente los rubros donde obtiene sus peores evaluaciones. En agosto, apenas 13% calificó positivamente su desempeño en seguridad y 11% en crimen organizado, mientras 76% tuvo una opinión negativa sobre la seguridad pública.

El gobierno puede presumir avances en homicidios. Pero el crimen organizado no se mide solamente por cadáveres. También se mide por el territorio que controla, por las actividades económicas que condiciona, por los mercados que altera y por el miedo que instala. Por eso el discurso de soberanía tiene dos caras.

Una mira hacia Washington y reclama respeto a la independencia mexicana. La otra debería mirar hacia dentro y preguntarse cuánto territorio, cuántas actividades económicas y cuántas decisiones cotidianas siguen estando fuera del control efectivo del Estado.

Y entonces aparece 2027. El cierre en el Zócalo no fue todavía un mitin electoral, naturalmente. Pero sería difícil no observar que la presidenta ya está construyendo el relato con el que Morena llegará a las elecciones intermedias: continuidad, soberanía, defensa frente al extranjero y una comparación permanente con los gobiernos y presidentes anteriores como lo hizo en Sonora.

La elección de 2027 será, entre otras cosas, una evaluación del segundo piso de la transformación. Y Trump puede terminar siendo, paradójicamente, uno de los mejores argumentos políticos para construirlo. El problema es que las campañas también tienen memoria. Si la defensa de la soberanía termina convirtiéndose en una cortina para no hablar de inseguridad, corrupción, impunidad o de las zonas donde el Estado ha perdido autoridad frente al crimen, la retórica puede comenzar a pesar menos que la realidad.

Porque una cosa es decir que México no acepta que nadie decida por él. Y otra, bastante más difícil, es demostrar que efectivamente puede decidir sobre todo su territorio. Ahí comienza la verdadera prueba de la soberanía.

@JErnestoMadrid
jeemadrid@gmail.com

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