Fotografía: Redacción CIgdl.
• Este 1 de julio comienza la revisión del acuerdo comercial que sostiene buena parte de la economía mexicana, pero el gobierno de Claudia Sheinbaum llega a la mesa en medio de presiones políticas desde Estados Unidos, un ambicioso Plan México que depende de inversión extranjera y una relación bilateral marcada por nuevas tensiones con Washington.
Este primero de julio arranca una de las negociaciones económicas más delicadas para el futuro inmediato de México: la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, el acuerdo comercial que durante los últimos años ha sostenido buena parte del crecimiento exportador mexicano y sobre el cual descansa gran parte de la apuesta industrial del nuevo gobierno.
Pero el escenario comienza con señales de tensión. De acuerdo con información difundida por Reuters, la administración del presidente estadounidense Donald Trump estaría por rechazar la propuesta impulsada por el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, que busca extender automáticamente la vigencia del T-MEC por otros 16 años.
La decisión no implicaría una ruptura inmediata del acuerdo comercial, pero sí activaría uno de los mecanismos más delicados negociados precisamente durante el primer mandato de Trump: la llamada “cláusula de caducidad”. En términos prácticos, si los tres países no logran consenso para ampliar la vigencia del tratado, Estados Unidos, México y Canadá entrarían en un periodo de revisiones anuales durante los próximos diez años. El acuerdo seguiría vigente, pero bajo evaluaciones permanentes hasta su expiración formal programada para el primero de julio de 2036.
Este miércoles, representantes comerciales de los tres gobiernos sostendrán una reunión virtual para medir si existe voluntad política suficiente para extender el acuerdo o abrir un periodo de incertidumbre prolongada que inevitablemente impactaría las decisiones de inversión en Norteamérica.
Y México no llega precisamente en condiciones ideales. La administración de Sheinbaum enfrenta una creciente presión desde Washington que ya no se limita al terreno comercial. Las recientes revelaciones publicadas por The New York Times sobre investigaciones estadounidenses relacionadas con actores políticos mexicanos y posibles vínculos con estructuras criminales han comenzado a agregar un componente político incómodo que inevitablemente pesa sobre la relación bilateral.
El problema es que el momento resulta particularmente sensible. El llamado Plan México, presentado como la principal apuesta económica del sexenio, busca colocar al país entre las diez economías más grandes del mundo, elevar la inversión a 25 por ciento del PIB a partir de 2026 y detonar cerca de dos mil proyectos productivos hacia 2030, acompañados por inversiones públicas en infraestructura superiores a 5.6 billones de pesos.
Pero buena parte de esa estrategia depende de una variable central: mantener la confianza de inversionistas internacionales. México intenta hoy capitalizar la segunda gran ola del nearshoring, el fenómeno global que está desplazando cadenas de suministro desde Asia hacia Norteamérica. Y los números muestran que esa oportunidad ya comenzó a moverse.
Las exportaciones mexicanas crecieron 25.4 por ciento anual hasta mayo, superando los 69 mil millones de dólares. México concentra ya cerca de 17 por ciento de las importaciones estadounidenses, mientras China cayó por debajo de 7 por ciento. El comercio bilateral entre ambos países supera actualmente los 873 mil millones de dólares.
La oportunidad es histórica. Pero Washington observa dos Méxicos al mismo tiempo: uno que se volvió estratégico para reducir dependencia comercial frente a China y otro que sigue arrastrando incertidumbre regulatoria, rezagos energéticos, debilidad institucional y crecientes cuestionamientos políticos que comienzan a contaminar el ambiente de negocios.
En otras palabras, México llega a esta revisión con una posición privilegiada en comercio… pero con una vulnerabilidad política que podría terminar pesando más que cualquier indicador económico. Porque la verdadera negociación no será únicamente preservar el tratado.
Será demostrar que el país puede ofrecer estabilidad suficiente para convertir esta oportunidad histórica en inversión real. Y en economía global, cuando la confianza se fractura, las oportunidades no desaparecen. Simplemente cambian de país.
@JErnestoMadrid
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