Fotografía: Redacción CIgdl.
n medio de la emergencia por las severas inundaciones que han afectado a diversas regiones del país, la presidenta Claudia Sheinbaum ha optado por una narrativa que prioriza la imagen de orden y control. Según sus propias declaraciones, los señalamientos críticos que ha recibido durante sus recorridos han sido “mínimos y aislados”, y afirma no tener problema en dialogar con la ciudadanía.
Uno de los episodios más comentados fue el intercambio con un joven en Poza Rica, que la mandataria calificó como un “caso particular”, sin mayor relevancia. Sin embargo, para muchos, ese momento reflejó un creciente malestar entre sectores de la población que consideran insuficiente o tardía la respuesta gubernamental frente a la emergencia.
Durante sus visitas a las zonas afectadas, Sheinbaum ha insistido en que su presencia busca “escuchar” a los damnificados y coordinar esfuerzos para atenderlos. Al mismo tiempo, ha elogiado la solidaridad del pueblo mexicano como pilar fundamental ante la crisis, lo cual, aunque cierto, también ha sido interpretado como un recurso para desviar la atención de las fallas estructurales en prevención y respuesta.
En cuanto a las críticas lanzadas desde la oposición y desde algunos sectores sociales, la presidenta fue tajante: México, dijo, cuenta con uno de los sistemas de prevención de desastres “más avanzados del mundo”. La afirmación, sin embargo, contrasta con las imágenes recientes de comunidades anegadas, caminos colapsados y familias que, aún días después del desastre, siguen esperando apoyos básicos.
Lo que llama la atención es la ausencia de autocrítica por parte del Ejecutivo. No se ha hecho mención alguna sobre posibles errores de planeación, falta de mantenimiento en infraestructura hidráulica o alertas tempranas fallidas. Tampoco se ha explicado por qué, si el sistema de prevención es tan robusto como se afirma, los daños fueron tan extendidos y las reacciones tan desiguales.
La figura de una presidenta que dice estar dispuesta a escuchar contrasta con un discurso que relativiza las voces disidentes o inconformes, calificándolas como excepciones. La emergencia hídrica no solo exige presencia política, sino también capacidad de asumir responsabilidades y abrir espacio para la crítica constructiva. Por ahora, eso sigue pendiente.


