La soberanía y los funcionarios

La soberanía y los funcionarios


Intereses Cruzados

Hay discursos que se escriben para la historia y otros que se pronuncian para que nadie pregunte por el presente.
El de Claudia Sheinbaum este 16 de septiembre tuvo todos los ingredientes del primero: Independencia, pueblo, patria, dignidad y, por supuesto, soberanía.
“México no será nunca colonia ni protectorado de nadie. México no se doblega, no se arrodilla y México nunca se vende”, dijo la presidenta desde el Zócalo.


La frase tiene fuerza. El problema es que, desde Washington, Donald Trump colocó sobre la mesa una pregunta bastante menos solemne y mucho más incómoda.
México, dijo, debe hacer más contra las organizaciones narcoterroristas y, particularmente, “exponer, detener y procesar” a los funcionarios públicos corruptos que han ayudado y encubierto a los cárteles.
Ahí se acabó la ceremonia y comenzó la política. Porque Trump no estaba hablando de invadir México, ni de colocar una bandera estadounidense en Palacio Nacional.


Estaba hablando de funcionarios mexicanos. Y esa diferencia importa.
La soberanía, como la entiende cualquier Estado serio, no consiste solamente en decirle a otro país que no se meta en tus asuntos. También consiste en que el propio Estado tenga la capacidad —y la voluntad— de impedir que funcionarios públicos se conviertan en socios, protectores, facilitadores o encubridores del crimen.
Dicho de otra manera: no hay soberanía que alcance para proteger a un funcionario corrupto.
Y aquí comienza la contradicción.


Mientras Sheinbaum habla de que México no se arrodilla, Trump está diciendo que México necesita detener a quienes, desde dentro, podrían haber permitido que los cárteles se arrodillaran al Estado.
La discusión no debería ser quién tiene razón en el discurso. La discusión debería ser quién está dispuesto a llegar hasta las verdaderas consecuencias.


Porque una cosa es combatir al narcotráfico decomisando droga, destruyendo laboratorios y deteniendo sicarios. Y otra, bastante más complicada, es seguir el dinero, tocar a los operadores financieros y llegar a los funcionarios que pudieran haber abierto las puertas.
Eso sí sería combatir al crimen desde la raíz. Y ahí es donde la retórica comienza a quedarse corta.
Marco Rubio fue todavía más explícito. Al felicitar a México por su Independencia, habló de una “epidemia” de crimen organizado transnacional y narcoterrorismo y concluyó con una frase que debería ser leída con lupa: “Todavía nos queda mucho trabajo por hacer juntos”.


Curiosa manera de felicitar a un país por su Independencia. Pero quizá Washington ya entendió algo que en México seguimos intentando discutir con banderas: el problema no está solamente del otro lado de la frontera. Está también dentro.
Y entonces aparece la pregunta que nadie quiere formular en voz alta: ¿Qué pasa cuando perseguir al crimen significa acercarse demasiado al poder?
Porque las investigaciones periodísticas de los últimos años han dejado nombres, contratos, empresas, transferencias y relaciones que no desaparecen porque el calendario marque 16 de septiembre.


Está el caso del huachicol fiscal. Están las investigaciones sobre redes de empresarios vinculados con funcionarios. Están los señalamientos sobre empresas que crecieron exponencialmente al amparo de gobiernos de la llamada Cuarta Transformación. Y están también los expedientes que siguen sin responder preguntas fundamentales.
Por ejemplo, el caso del almirante en retiro José Rafael Ojeda Durán.


Sus declaraciones patrimoniales y de intereses permanecen reservadas hasta 2030 por razones de seguridad nacional, mientras su nombre apareció en el contexto del proceso judicial contra sus sobrinos por presunto huachicol fiscal. La reserva, por sí misma, no demuestra corrupción.
Pero tampoco resuelve la pregunta elemental que debería hacerse cualquier gobierno que presume transparencia: ¿por qué la información patrimonial de un exsecretario de Estado debe permanecer bajo llave durante años cuando la sociedad tiene derecho a conocer cómo se comportaron sus servidores públicos?
Y aquí conviene regresar a la palabra favorita del día: soberanía. Si Trump exige que México persiga funcionarios corruptos, México puede responder que sus asuntos internos los decide México.


Perfecto. Pero entonces que México los persiga. No porque lo diga Trump. No porque lo pida Washington. No porque haya presión diplomática. Sino porque un funcionario que protege al crimen no es una víctima de la soberanía mexicana. Es una amenaza contra ella.
Lo verdaderamente peligroso sería que la palabra soberanía terminara convertida en una especie de impermeable político: útil para repeler las acusaciones extranjeras, pero demasiado grande para impedir que las investigaciones alcancen a los propios.


Porque entonces el problema ya no sería Trump. Sería el espejo. Y quizá por eso el mensaje estadounidense resulta tan incómodo.
No le está diciendo a México únicamente “detén a los narcotraficantes”. Le está diciendo: mira quiénes los ayudan. Y esa es una diferencia enorme.
La presidenta puede tener razón al defender la soberanía nacional. Nadie debería cuestionar el derecho de México a decidir su propio destino. Pero la soberanía no pertenece al gobierno en turno. Pertenece al pueblo.
Y si hay funcionarios corruptos que han traicionado al Estado, procesarlos no sería arrodillarse ante Estados Unidos. Sería, paradójicamente, una de las formas más contundentes de demostrar que México sí es soberano.


Por eso la verdadera prueba para el gobierno de Sheinbaum no está en el desfile, ni en los vivas, ni en el discurso.
Está en los expedientes, en las cuentas bancarias, en los contratos, en las empresas, en los nombres y, sobre todo, en la voluntad de llegar hasta donde conduzcan las investigaciones, aunque el camino termine acercándose demasiado a quienes alguna vez se sintieron intocables.
Porque al final hay una pregunta que vale más que todos los discursos patrióticos: ¿La soberanía servirá para defender a México del poder extranjero o terminará siendo utilizada para defender al poder mexicano de sus propios ciudadanos?
Ahí está el verdadero desfile. Y ese todavía no termina.


@JErnestoMadrid
jeemadrid@gmail.com

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