Fotografía: Redacción CIgdl.
• La presidenta respaldó el mensaje del capo para que los jóvenes se alejen de la delincuencia, en medio de una nueva etapa de la relación con Washington, donde la administración de Donald Trump mantiene la presión sobre presuntos vínculos entre funcionarios mexicanos y el crimen organizado.
La sentencia de cadena perpetua contra Ismael “El Mayo” Zambada en Nueva York cerró judicialmente una de las historias criminales más largas del continente, pero abrió un nuevo frente político para el gobierno mexicano.
Durante su conferencia matutina, la presidenta Claudia Sheinbaum admitió que “es difícil citar” al fundador del Cártel de Sinaloa, aunque coincidió con el llamado que éste hizo antes de escuchar su condena: pedir a los jóvenes que no vean en el crimen organizado una opción de vida. “Es el trabajo que estamos haciendo desde el principio: la atención a las causas”, afirmó la mandataria, al insistir en que su administración busca convencer a las nuevas generaciones de que incorporarse a una organización criminal “es acercarse a la muerte”.
La coincidencia ocurre en un momento particularmente delicado de la relación bilateral. Después de varios meses de tensiones por temas de seguridad, migración y comercio, en Palacio Nacional se considera que la presencia de Sheinbaum junto al presidente Donald Trump durante la ceremonia de clausura del Mundial contribuyó a reducir parte de los desencuentros políticos entre ambos gobiernos.
Sin embargo, esa distensión diplomática no ha significado un cambio en la postura estadounidense frente al combate al narcotráfico. Al anunciar la sentencia de Zambada, el fiscal federal Joseph Nocella sostuvo que el Cártel de Sinaloa logró construir su imperio mediante miles de millones de dólares provenientes del tráfico de drogas, pero también gracias a la corrupción de funcionarios mexicanos. “Corrompieron a numerosos funcionarios en México para proteger su imperio criminal; cuando la corrupción no funcionó, recurrieron a la violencia, incluyendo tortura, secuestro y asesinato”, afirmó el representante del Departamento de Justicia.
Esa narrativa coincide con la presión que Washington ha incrementado en los últimos meses sobre México. Desde las investigaciones financieras impulsadas por el Departamento del Tesoro, las sanciones contra instituciones financieras mexicanas señaladas por presuntas operaciones de lavado de dinero, hasta los reiterados llamados de funcionarios estadounidenses para desmantelar las redes de protección política del narcotráfico, la administración Trump ha colocado el combate a la corrupción como una condición inseparable de la estrategia de seguridad bilateral.
En ese contexto, la coincidencia entre el mensaje presidencial y las últimas palabras públicas de uno de los narcotraficantes más poderosos del continente adquiere inevitablemente una lectura política. Antes de ser condenado, Zambada reconoció que “nadie gana esta guerra” y pidió a los jóvenes no repetir sus errores, asegurando que la violencia sólo conduce a la cárcel o a la muerte.
Paradójicamente, el mismo hombre que durante casi cuatro décadas dirigió una de las organizaciones criminales más violentas del mundo terminó pronunciando un mensaje prácticamente idéntico al que el gobierno mexicano ha convertido en el eje de su política de prevención.
La presidenta también dejó abierta la posibilidad de que México solicite participar en el eventual decomiso de los 15 mil millones de dólares que la fiscalía estadounidense busca confiscar al capo, aunque aclaró que primero deberá analizarse con la Fiscalía General de la República porque esos recursos aún no han sido localizados. El anuncio tampoco pasó inadvertido. La propia fiscalía estadounidense reconoció durante el proceso que, pese a la magnitud del patrimonio atribuido al líder del Cártel de Sinaloa, hasta ahora no ha logrado ubicar esos activos.
Así, mientras Washington celebra haber condenado al que considera “el mayor traficante de drogas de este siglo”, la relación con México entra en una nueva etapa donde la cooperación parece haber mejorado en las formas, pero las exigencias de fondo permanecen intactas.
La fotografía de cordialidad entre Sheinbaum y Trump durante el Mundial ayudó a despresurizar el ambiente bilateral, pero no modificó el mensaje central de Estados Unidos: la lucha contra el narcotráfico no termina con la captura de los capos si las estructuras de corrupción política que, según sus fiscales, permitieron su expansión permanecen intactas.
Y en medio de ese escenario, una coincidencia discursiva entre la presidenta de México y el fundador del Cártel de Sinaloa terminó convirtiéndose en una de las imágenes políticas más incómodas del inicio de esta nueva etapa de la relación entre ambos países.
@JErnestoMadrid
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