Fotografía: Redacción CIgdl.
A 108 días de la inauguración de la Copa Mundial de la FIFA 2026 y a poco más de un mes de que se realice un evento de reclasificación en Guadalajara, la conversación pública en México ha girado abruptamente: del entusiasmo deportivo a la preocupación por la seguridad.
Los hechos violentos registrados el pasado domingo en distintas regiones del país reavivaron un debate que se arrastra desde hace años: si México está en condiciones reales de organizar un evento de escala planetaria. La inquietud no solo se expresa en redes sociales o mesas de análisis nacionales; medios internacionales como The Atlantic, The New York Times y The Times han puesto el foco en Guadalajara como sede mundialista en un contexto de violencia creciente.
De “abrazos, no balazos” al fortalecimiento criminal
Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, la estrategia de seguridad resumida en la consigna “abrazos, no balazos” fue defendida como un cambio de paradigma frente a la confrontación frontal. Sin embargo, críticos sostienen que, en los hechos, permitió la expansión territorial y operativa de organizaciones criminales.
Entre ellas, el Cártel Jalisco Nueva Generación ha sido señalado como una de las estructuras más agresivas y con mayor capacidad de fuego. Su historial incluye episodios de alto impacto, como el derribo de una aeronave militar en 2015 en Villa Purificación, Jalisco, un precedente que marcó un antes y un después en la narrativa del poder criminal en México.
Para analistas, el problema no es únicamente la violencia en sí, sino la percepción de impunidad que permitió el crecimiento de estas células. Esa percepción hoy se traduce en incertidumbre: ¿puede el Estado garantizar seguridad plena en un evento que atraerá a cientos de miles de visitantes?
Un país convulso ante el escaparate global
Las imágenes recientes —bloqueos, suspensión de clases en algunas zonas, cierre temporal de servicios— alimentan la idea de un país bajo tensión. En ese contexto, voces críticas advierten que México “no está listo” para recibir un campeonato mundial.
El antecedente histórico más citado es la suspensión de los Mundiales de 1942 y 1946 por la Segunda Guerra Mundial. En México, el recuerdo inevitable es el de los Juegos Olímpicos de 1968, celebrados semanas después del movimiento estudiantil y la represión en Tlatelolco. Entonces, el evento se realizó pese al entorno convulso. Hoy la pregunta vuelve a plantearse, aunque en un escenario distinto.
La FIFA, por su parte, no es ajena a organizar torneos en contextos complejos. Basta recordar la edición de 2022 en Qatar, rodeada de críticas por derechos humanos. Sin embargo, el caso mexicano presenta un desafío particular: la violencia no es un episodio aislado, sino un fenómeno extendido y, sobre todo, impredecible.
Psicosis y percepción: el otro enemigo
Más allá de los hechos concretos, la psicosis social empieza a jugar su propio partido. El episodio en el Estadio Victoria de Aguascalientes —cuando jugadoras corrieron al vestidor tras escuchar detonaciones que luego fueron atribuidas al escape de un automóvil— dio la vuelta al mundo. Aunque no hubo ataque real, la reacción evidenció el nivel de tensión.
El recuerdo de la balacera en las inmediaciones del antiguo Estadio Corona en 2011 también reaparece como advertencia de cómo un incidente puede convertirse en símbolo internacional de inseguridad.
En un Mundial, donde millones de ojos observan cada detalle, cualquier incidente —real o producto del miedo— tendría repercusiones económicas y reputacionales de gran escala. Turismo, inversión extranjera y la marca país quedarían expuestos.
¿Puede cambiar la sede?
Expertos coinciden en que, a estas alturas, una reconfiguración total de sedes es altamente improbable. La FIFA ha apostado por un formato tripartito junto a Estados Unidos y Canadá. Cancelar o trasladar partidos implicaría costos logísticos y políticos enormes.
No obstante, el Mundial de 2026 ya está marcado por la discusión sobre seguridad en los tres países anfitriones. En Estados Unidos, los tiroteos masivos y la tensión migratoria también forman parte del contexto. El torneo, inevitablemente, estará blindado como pocos en la historia.
Entre la fiesta y el riesgo
El Mundial debería ser, en esencia, una celebración deportiva. Pero el contraste entre la narrativa festiva y la realidad de violencia cotidiana genera una disonancia difícil de ignorar.
El reto para México no es solo cumplir con la logística —estadios, transporte, hoteles—, sino demostrar capacidad real de control territorial y prevención. Porque más allá del balón, lo que está en juego es la credibilidad institucional.
La pregunta no es si el Mundial se realizará. Todo indica que sí. La verdadera interrogante es en qué condiciones y bajo qué nivel de riesgo. Y, sobre todo, si el país logrará convertir un contexto adverso en una oportunidad para recuperar confianza, dentro y fuera de sus fronteras.


