Fotografía. Redacción CIgdl.
No fue solo un robo. Fue un acto quirúrgico, casi teatral. A plena luz del día, en la galería que alguna vez glorificó al Rey Sol, dos sombras atravesaron siglos de historia con una radial en mano. En solo ocho minutos, desaparecieron nueve joyas imperiales. El botín: fragmentos invaluables del linaje francés. La escena: el mismísimo Museo del Louvre.
Un montacargas bajo el balcón. Una vitrina abierta con precisión milimétrica. Y la corona de la emperatriz Eugenia, abandonada a mitad de la huida, como si los propios ladrones no se atrevieran a llevársela. Una cámara de celular captó parte del atraco; una galería diseñada para la gloria de un monarca quedó reducida a testigo mudo del escándalo.
Hoy, el Louvre, símbolo de la cultura francesa y uno de los museos más visitados del planeta, amaneció cerrado por segundo día consecutivo. A sus puertas, visitantes frustrados. Detrás de ellas, peritos y restauradores intentando determinar cuánto de Francia fue arrebatado para siempre.
Las piezas sustraídas no eran simples ornamentos: eran el legado tangible de mujeres como la emperatriz Eugenia, la reina María Amelia, la emperatriz María Luisa y la reina Hortensia. Obras maestras firmadas por los grandes joyeros de la realeza, como Nitot, Lemonnier y Bapst, en las que diamantes, perlas y esmeraldas se entrelazan para narrar siglos de poder, amor y diplomacia.
Ahora, según los expertos, esas piezas enfrentan un destino peor que el robo: el despiece. Convertidas en anónimos pendientes o sortijas en mercados clandestinos, podrían terminar fundidas, trituradas, disgregadas. Fragmentos de la historia perdidos para siempre.
“Si no se recuperan pronto, se desvanecerán”, advirtió el historiador Vincent Meylan. No por falta de pistas: más de 50 investigadores ya siguen la huella de lo que parece ser un robo organizado por criminales internacionales. Una pista incluye un chaleco amarillo, hallado y entregado por un ciudadano, que podría haber sido usado para confundir al personal de seguridad o pasar desapercibido entre los visitantes.
“Lo que es seguro es que hemos fallado”, reconoció el ministro de Justicia, Gérald Darmanin, al día siguiente en France Inter. Un fracaso no solo en términos de seguridad, sino de imagen: Francia, en palabras del ministro, proyecta ahora una estampa vulnerable, desprotegida.
El robo también ha reabierto un viejo debate: ¿Son seguros los museos franceses? ¿Están protegidas nuestras joyas culturales frente a un crimen cada vez más sofisticado? La respuesta, por ahora, es dolorosamente obvia.
Las joyas robadas, aunque de “valor patrimonial incalculable”, están perfectamente catalogadas, fotografiadas, descritas. “Son invendibles tal como están”, dicen los expertos. Pero eso no impide que alguien intente ocultarlas, modificarlas, fundirlas.
Y sin embargo, los ladrones sabían exactamente qué buscaban. ¿Un encargo? ¿Una revancha histórica? ¿Un acto simbólico? Las autoridades francesas no descartan ninguna hipótesis.
Mientras se intensifica la búsqueda en aeropuertos, fronteras y mercados negros, Francia se enfrenta a una pérdida que va más allá del oro y las piedras. Ha sido herido su relato, su símbolo, su memoria imperial encapsulada en broches, tiaras y collares que no solo adornaban, sino que atestiguaban.
Las vitrinas vacías de la galería de Apolo no solo son testigos de un robo. Son el reflejo de una fragilidad cultural que ni el cristal de seguridad más sofisticado pudo proteger.


