Nearshoring: México gana… mientras EU cambia las reglas

Nearshoring: México gana… mientras EU cambia las reglas

Fotografía: Redacción CIgdl.

• La competencia por atraer inversiones industriales enfrenta dos modelos opuestos: Estados Unidos apuesta por aranceles y relocalización; México mantiene su ventaja manufacturera bajo el T-MEC, aunque la incertidumbre regulatoria y comercial sigue siendo el principal riesgo.

La disputa por atraer inversiones manufactureras hacia América del Norte dejó de ser una competencia de costos laborales para convertirse en una batalla entre dos modelos económicos. Mientras Estados Unidos endurece su política industrial con aranceles y subsidios para repatriar empresas, México intenta consolidar su posición como principal plataforma exportadora del T-MEC, aunque bajo un entorno interno que todavía genera dudas entre inversionistas.

El contraste quedó reflejado esta semana. Por un lado, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, sostuvo que “no es fácil competir con México”, al destacar que la llegada de inversiones como la de KIA, por 649 millones de dólares en Nuevo León, confirma que el país mantiene ventajas en productividad, ubicación geográfica y acceso preferencial al mercado estadounidense. A ello sumó el reciente anuncio de una nueva inversión de General Motors y el objetivo de desarrollar cadenas de valor en semiconductores, baterías y componentes para la electromovilidad.

Los datos respaldan parcialmente esa visión. El Indicador Multidimensional de Manufactura de BBVA Research reportó que la producción manufacturera creció 5.5% anual en junio, impulsada por la industria automotriz, y anticipa una recuperación gradual de los sectores vinculados con la inteligencia artificial y la electrónica, actividades llamadas a convertirse en el nuevo motor del nearshoring. Sin embargo, el mismo análisis advierte que 15 de los 21 subsectores manufactureros todavía producen por debajo de los niveles observados a principios de 2025, reflejando una recuperación desigual.

La paradoja aparece del lado estadounidense. La estrategia de Donald Trump busca que las empresas regresen a producir dentro de su territorio mediante aranceles, particularmente en sectores estratégicos como el automotriz. No obstante, los primeros resultados muestran claroscuros.

De acuerdo con cifras del Bureau of Labor Statistics, entre junio de 2025 y junio de 2026 Estados Unidos perdió alrededor de 29 mil empleos en la industria automotriz y estados como Michigan registraron retrocesos manufactureros, mientras las armadoras absorbieron costos arancelarios estimados en más de 22 mil millones de dólares desde marzo de 2025. Al mismo tiempo, el índice de producción industrial de vehículos apenas mostró crecimiento y las ventas de automóviles permanecen prácticamente estancadas.

Es cierto que algunos fabricantes comenzaron a modificar sus planes de producción. General Motors trasladará parte de la fabricación del Chevrolet Blazer de Coahuila a Tennessee a partir de 2027, mientras Toyota anunció una ampliación de su planta en Texas para producir parte de la Tacoma que actualmente ensambla en México. Sin embargo, esos movimientos tardarán varios años en materializarse y, por ahora, representan casos aislados más que una relocalización masiva.

La contradicción es evidente. Mientras Washington impulsa una política nacionalista para recuperar manufactura mediante barreras comerciales, las empresas continúan encontrando en México una plataforma difícil de sustituir gracias al T-MEC, la integración de las cadenas productivas y menores costos de producción.

Paradójicamente, también México enfrenta su propia contradicción. Aunque el gobierno promueve el nearshoring y presume la llegada de inversión extranjera, mantiene reformas regulatorias y decisiones de política pública que diversos organismos empresariales consideran generadoras de incertidumbre jurídica, precisamente el factor que las empresas evalúan antes de decidir la ubicación de nuevas plantas.

En ese contexto, la verdadera competencia ya no se limita a ofrecer mano de obra barata o incentivos fiscales. Se trata de garantizar estabilidad, reglas claras y certidumbre para inversiones que comprometen miles de millones de dólares.

Por ahora, México conserva una ventaja que difícilmente puede replicarse en el corto plazo: su integración con el mercado estadounidense bajo el T-MEC. Pero esa posición tampoco está asegurada. La revisión del tratado, las investigaciones comerciales en Washington y la política arancelaria de la Casa Blanca muestran que el acceso preferencial depende cada vez más de decisiones políticas que de compromisos permanentes.

La pregunta ya no es si Estados Unidos puede competir con México. La incógnita es cuál de los dos modelos ofrecerá mayor certeza para atraer la siguiente generación de inversiones que definirá el futuro industrial de Norteamérica.

@JErnestoMadrid
jeemadrid@gmail.com

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