Fotografía: Redacción CIgdl
• El aumento de 512% en las exportaciones de azúcar a Estados Unidos, anunciado por la presidenta Claudia Sheinbaum, da oxígeno a un sector que perdió producción, productores e inversión durante la última década. El beneficio es temporal y no resuelve los problemas estructurales de una industria que en estados como Morelos quedó rezagada
El anuncio realizado la semana pasada por la presidenta Claudia Sheinbaum sobre el incremento de 512% en las exportaciones de azúcar mexicana hacia Estados Unidos fue presentado como una buena noticia para uno de los sectores agroindustriales más importantes del país. Lo es, pero sólo parcialmente.
Detrás del aumento hay una realidad menos alentadora: la industria azucarera mexicana llega debilitada, con menor producción, menos productores y una capacidad limitada para aprovechar plenamente este nuevo mercado, resultado de años de estancamiento y falta de políticas de largo plazo.
De acuerdo con un análisis de Banamex Estudios Económicos, elaborado con información del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA, por sus siglas en inglés), el Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP), el Comité Nacional para el Desarrollo Sustentable de la Caña de Azúcar (CONADESUCA) y la Presidencia de la República, el incremento permitirá exportar hasta 1.15 millones de toneladas de azúcar durante el ciclo 2026-2027, lo que representaría ingresos cercanos a 4 mil 760 millones de pesos para alrededor de 170 mil productores de caña.
Sin embargo, el crecimiento parte de una base excepcionalmente baja. Comparado con el promedio de exportaciones registrado entre 2015 y 2023, el aumento real apenas ronda el 12%, y sigue lejos de las 1.8 millones de toneladas que México exportaba antes de las restricciones impuestas por Estados Unidos en 2014. El problema de fondo permanece intacto.
Desde los acuerdos comerciales firmados hace más de una década, México dejó de decidir cuánto azúcar exporta. El volumen depende de la fórmula estadounidense denominada “US Needs”, que determina las necesidades del mercado norteamericano y convierte a la azúcar mexicana en un proveedor residual. Además, el acuerdo obliga a vender mayoritariamente azúcar sin refinar, dejando el mayor valor agregado a las empresas estadounidenses.
Mientras tanto, el sector se ha ido reduciendo. La producción nacional cayó 32% en poco más de una década, al pasar de 6.97 millones de toneladas en la zafra 2012-2013 a 4.77 millones en 2024-2025. También disminuyó el número de productores cañeros, al tiempo que el consumo interno enfrenta nuevas presiones por el impuesto a las bebidas azucaradas y por el creciente uso de jarabe de maíz de alta fructosa, del cual 69% proviene de Estados Unidos.
Los efectos son visibles en entidades tradicionalmente cañeras como Morelos, donde ingenios y productores han enfrentado años de baja rentabilidad, menor inversión y pérdida de competitividad, mientras la actividad dejó de recibir el impulso necesario para modernizarse y recuperar mercados.
Paradójicamente, mientras las exportaciones mexicanas continúan sujetas a cuotas y restricciones, el ingreso de jarabe de maíz estadounidense mantiene libre acceso bajo el T-MEC, una asimetría que especialistas consideran una de las principales desventajas para la industria nacional.
Por ello, Banamex advierte que el incremento anunciado debe verse como un alivio coyuntural y no como una recuperación definitiva. La verdadera oportunidad, sostiene el análisis, llegará cuando México logre modificar las reglas que hoy limitan sus exportaciones durante la revisión del T-MEC, eliminando el esquema de cuotas y permitiendo exportar una mayor proporción de azúcar refinada.
Mientras eso no ocurra, el sector seguirá dependiendo de decisiones tomadas en Washington y de factores tan ajenos como una mala cosecha de remolacha en Estados Unidos. Porque el aumento en las exportaciones representa un respiro. Pero está lejos de significar que la crisis de la industria azucarera mexicana haya terminado.
@JErnestoMadrid
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