Menos crecimiento, inflación persistente y Banxico sin margen

Menos crecimiento, inflación persistente y Banxico sin margen

Fotografía: Redacción CIgdl.

• La economía mexicana confirma su desaceleración en el arranque de 2026: el PIB cae 0.6%, la inflación sigue lejos de la meta y el Banco de México enfrenta un escenario donde bajar más las tasas podría reavivar las presiones de precios.

La economía mexicana entró oficialmente en una fase de enfriamiento más profunda. Los datos revisados del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) confirmaron que el Producto Interno Bruto (PIB) cayó 0.6% durante el primer trimestre de 2026, el peor desempeño desde finales de 2024 y una señal clara de que el dinamismo económico perdió fuerza pese al discurso optimista del gobierno federal.

Aunque la cifra fue ligeramente mejor al estimado preliminar de -0.8%, el dato no cambia el diagnóstico de fondo: México crece menos, produce menos y enfrenta un entorno cada vez más complejo, marcado por inflación resistente, costos laborales elevados, incertidumbre externa y una política monetaria atrapada entre el bajo crecimiento y el riesgo inflacionario.

La caída fue generalizada. La producción industrial retrocedió 1.0%; los servicios, considerados el principal motor interno, cayeron 0.4%; y las actividades primarias se desplomaron 1.7%. Incluso con un ligero rebote de marzo medido por el IGAE, el balance trimestral confirma un debilitamiento estructural de la actividad productiva.

El contraste es evidente frente a las previsiones oficiales. Mientras la Secretaría de Hacienda mantiene una expectativa de crecimiento de 2.3% para 2026 en sus Precriterios de Política Económica, el consenso privado ya se mueve mucho más abajo. Banamex, por ejemplo, estima apenas 1.3% para este año y 1.8% para 2027, lo que implicaría cuatro años consecutivos creciendo por debajo del promedio histórico del país.

Detrás del deterioro aparecen varios factores: menor inversión privada, gasto público lento, construcción debilitada, manufacturas presionadas y un consumo que empieza a resentir la pérdida de poder adquisitivo. Pero el problema no termina ahí.

Aunque la inflación anual desaceleró a 4.11% en la primera quincena de mayo desde 4.37% en abril, el alivio es más estadístico que estructural. La caída respondió principalmente a factores temporales: subsidios eléctricos de temporada cálida y una base de comparación favorable en productos agropecuarios. Sin embargo, la inflación subyacente —la que realmente mide las presiones persistentes— sigue elevada en 4.22%, particularmente en servicios. Ahí está la principal preocupación.
Los precios relacionados con restaurantes, hospedaje, servicios profesionales y otros sectores intensivos en mano de obra continúan presionados por aumentos salariales acumulados, costos energéticos y efectos indirectos derivados de aranceles y tensiones comerciales globales.

El escenario complica la narrativa oficial de estabilidad. La inflación sigue lejos del objetivo permanente de 3% de Banco de México y, peor aún, los riesgos permanecen sesgados al alza. Los analistas advierten que el impacto de los aranceles comenzará a sentirse con mayor claridad en mercancías no alimenticias como ropa, calzado y automóviles eléctricos. A eso se suman posibles efectos de segundo orden derivados del encarecimiento energético y agrícola a nivel internacional. En otras palabras: la inflación se moderó, pero no está controlada.

Las minutas más recientes de Banco de México dejaron una lectura delicada para el mercado: aunque la Junta de Gobierno recortó la tasa de interés a 6.50% en mayo, el margen para seguir bajándola parece agotarse. El tono de las minutas fue considerado más “paloma” por algunos analistas, pero también dejó ver una creciente división interna sobre el verdadero comportamiento de la inflación.

Diversas instituciones financieras consideran que Banxico podría estar subestimando el impacto inflacionario de factores como: Los incrementos salariales; el choque global en energéticos; las tensiones arancelarias y los efectos secundarios sobre servicios y consumo. En ese contexto, aunque el mercado todavía descuenta posibles recortes hacia finales de año, la probabilidad comienza a verse limitada.

La razón es sencilla: bajar demasiado rápido las tasas en una economía con inflación persistente podría convertirse en un error costoso. Banxico enfrenta así un dilema incómodo. La economía se desacelera y necesita estímulos, pero la inflación todavía no ofrece condiciones suficientes para relajar agresivamente la política monetaria y un crecimiento débil que amenaza con volverse normal.

Más allá de los datos trimestrales, el problema de fondo es otro: México parece entrar en una etapa prolongada de crecimiento mediocre. Las propias proyecciones privadas apuntan a varios años avanzando por debajo del promedio histórico. Y aunque existen señales de recuperación moderada para la segunda mitad del año —mayor gasto público, estabilización petrolera y mejor desempeño exportador frente a otros países—, el entorno sigue dominado por la incertidumbre.

La revisión del TMEC, la desaceleración de Estados Unidos, la fragilidad industrial y las presiones inflacionarias podrían seguir limitando el desempeño económico. El resultado es un escenario incómodo para el gobierno y para Banxico: una economía que pierde fuerza sin lograr derrotar completamente la inflación. Y esa combinación suele ser la más difícil de administrar.

@JErnestoMadrid
jeemadrid@gmail.com

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