Fotografía: Redacción CIgd.
La historia de México no se escribe únicamente en los pasillos de Palacio Nacional, sino en el eco de las balas que marcan el ritmo de cada sexenio. Los mexicanos del siglo XXI fuimos testigo del más reciente capítulo de esta historia obscura.
Existe una simetría perversa en la que cada mandatario, al sentarse en la silla del águila, hereda o fabrica un enemigo público que termina por definir su legado ante los ojos de la sociedad y de Washington.
Esta danza macabra comenzó a institucionalizarse bajo la sombra de Miguel de la Madrid Hurtado, cuando el tristemente célebre Rancho “El Búfalo” reveló una estructura que superaba la simple delincuencia, era una respuesta logística a una demanda estadounidense insaciable.
En aquel entonces, figuras como Miguel Ángel Félix Gallardo, Rafael Caro Quintero y Ernesto Fonseca Carrillo no eran solo prófugos, sino los arquitectos de un imperio que el Estado mexicano permitió crecer hasta que el asesinato del agente norteamericano Enrique Camarena rompió el pacto de impunidad.
Con la llegada de Carlos Salinas de Gortari, el rostro de la némesis cambió de piel, pero no de instinto.
El ascenso de Juan García Ábrego y el Cártel del Golfo marcó una era donde la globalización del comercio también globalizó el trasiego, obligando al sistema a sacrificar piezas para mantener la fachada de control.
Ernesto Zedillo Ponce de León, por su parte, tuvo que lidiar con el poder omnímodo de Amado Carrillo Fuentes, el “Señor de los Cielos”, cuya presunta muerte en una mesa de cirugía simbolizó el fin de una era de discreción para dar paso a la espectacularidad de la violencia.
Llegó la alternancia con Vicente Fox, pero no trajo la paz, sino el encumbramiento de Joaquín Guzmán Loera “El Chapo” Guzmán, tras su primera y cinematográfica fuga, un evento que humilló a las instituciones y cimentó la leyenda del Cártel de Sinaloa como el nuevo pulso del país.
La narrativa se volvió más sangrienta con Felipe Calderón Hinojosa, quien al declarar su guerra frontal encontró en Heriberto Lazcano, “El Lazca”, y el fenómeno de Los Zetas, una fuerza paramilitar que desafió la noción misma de autoridad estatal.
El gobierno de Enrique Peña Nieto intentó retornar a una estrategia de “objetivos prioritarios”, logrando la captura definitiva de Guzmán Loera, pero permitiendo que en el vacío de poder emergiera una nueva y más violenta “hidra de mil cabezas”.
Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, quien se convirtió en el desafío directo a la estabilidad del régimen.
Incluso en la era de la “Cuarta Transformación” con Andrés Manuel López Obrador, la realidad impuso sus propios nombres a pesar de la retórica de “abrazos y no balazos”; la detención de Ovidio Guzmán López en el “Culiacanazo” y la posterior captura de Ismael “El Mayo” Zambada —un golpe que sacudió los cimientos de la vieja guardia delincuencial— demostraron que la figura del adversario criminal es una constante ineludible.
Ahora, bajo la administración de Claudia Sheinbaum, la historia cierra un círculo de sangre con el operativo que culminó recientemente en la muerte de Rubén Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, una acción que intenta enviar un mensaje de fuerza en un tablero donde los nombres cambian, pero el conflicto permanece.
Cada presidente en México ha tenido su villano a la medida, una némesis necesaria que sirve para justificar políticas, ocultar complicidades o, en el mejor de los casos, simular una justicia que siempre parece llegar un paso detrás de la necesidad que el vecino país del norte sigue enviando por la frontera. Al final, el desfile de rostros en los carteles de “se busca” a cambio de recompensa, no es más que la crónica de una dependencia compartida, donde el Estado y el crimen organizado parecen condenados a necesitarse para existir en el imaginario del poder.
Sin embargo, lo acontecido en Jalisco, derivado del operativo Tapalpa, el silencio de Guadalajara que fue roto esta semana, más por el estruendo de un despliegue bélico, más parecido a una toma de posición que a un último adiós, que por el llanto de los deudos minimizados en una funeraria de barrio popular inundada de arreglos florales muy singulares.
Mientras que en las inmediaciones del cementerio Recinto de la Paz, en Zapopan, donde la atmósfera se espesó bajo un hermetismo castrense que transformó un derecho civil en un búnker infranqueable.
Resultando una paradoja hiriente, que quien en vida ordenó la desaparición de miles de personas, dejando un vacío doloroso y eterno en hogares que aún escarban la tierra buscando un rastro de sus seres queridos, haya recibido una sepultura marcada por el exceso.
El presunto abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, no trajo consigo el desfile de sicarios o la parafernalia del duelo popular, sino una soledad absoluta, blindada por el metal dorado de un féretro que resplandecía bajo la vigilancia de unidades blindadas y patrullajes aéreos.
La jornada rozó lo surrealista cuando el cortejo fúnebre devoró 24 kilómetros de asfalto en menos de 40 minutos. Esa velocidad, imposible para cualquier ciudadano en el caos vial de la metrópoli, fue impuesta por un recurso militar que despejó las vías como si se tratara del traslado de un secreto de Estado y no de un cadáver.
Ya en el jardín funerario, el escenario era un despliegue de contradicciones. Un mar de arreglos florales monumentales donde destacaba la figura de un gallo, símbolo de un poder que ya no existe, algunas personas armadas y un grupo de banda cuya música resonaba para una poca audiencia. No hubo rostros visibles; pero si flores. muchas flores, soldados y el eco de las trompetas en un recinto donde la tensión escaló hasta la agresión física contra un joven estudiante italiano, cuya falta fue encontrarse curioseando en el perímetro que el Ejército resguardaba y defendía con un celo desproporcionado.
En Jalisco queda un sitio que propios y extraños ubicarán como el sepulcro de un hombre que le negó el derecho al duelo a miles de familias, es decir, una afrenta arquitectónica y simbólica, una especie de altar que amenaza con convertirse en un punto de culto a la delincuencia, erigido sobre el dolor de quienes siguen buscando a los suyos, a esos “desaparecidos” que no tuvieron féretros de metal ni música de despedida, mucho menos una justicia que hasta el gobierno les negó.
Mientras un ataúd dorado descendía en un camposanto blindado, dejando clara la última ironía del capo, que presuntamente iba al interior de ese lujoso féretro, aquel que se escondió en las sombras de la sierra y terminó sus días bajo el foco de una vigilancia excesiva que, en su afán de control, terminó otorgándole una solemnidad que las víctimas de ese capo, nunca pudieron conocer.
