Fotografía: Redacción CIgdl.
• La captura del hombre más buscado del CJNG reconfigura la relación con Washington y abre la pregunta incómoda: ¿caen los capos, pero no sus protectores?
El operativo, según informó la Secretaría de la Defensa Nacional, no fue un acto aislado ni improvisado. Formó parte de un esquema de cooperación bilateral con Washington. En términos diplomáticos, eso se traduce, en una palabra: coordinación. En términos reales, significa inteligencia compartida, vigilancia aérea y presión estratégica.
No fue casual que días antes se detectara un vuelo no tripulado en el centro del país. De acuerdo con el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, se trataba de aeronaves operando a solicitud del propio gobierno mexicano para tareas específicas de apoyo investigativo. El rastreo aéreo identificó la matrícula CBP-113, correspondiente a un U.S. Customs and Border Protection (CBP), modelo General Atomics MQ-9B Guardian, despegado desde San Angelo, Texas. Vigilancia prolongada en zonas limítrofes del Estado de México con rutas estratégicas hacia Michoacán y Guerrero. Geografía criminal, no turística.
La narrativa oficial habló de “objetivo prioritario neutralizado”. Washington habló de “avance significativo”. Pero la pregunta incómoda es otra: ¿qué cambia realmente?
Durante más de una década, el CJNG se consolidó como una organización de expansión vertical, estructura rígida y disciplina interna férrea. Un modelo empresarial del delito. En estos esquemas, la caída del líder no implica necesariamente el colapso del negocio. Implica reacomodo.
Existen tres rutas previsibles tras la eliminación de un jefe criminal de alto perfil:
• Continuidad con sucesión pactada. El mando estaba previsto. Cambia el rostro, no la estrategia.
• Fragmentación interna. Disputas por control regional, aumento de violencia focalizada.
• Intervención externa. Cárteles rivales —Sinaloa, grupos michoacanos o células locales— intentan ocupar territorios y rutas.
México ha transitado por las tres. Y ninguna ha significado, por sí misma, pacificación estructural.
Para la presidenta Claudia Sheinbaum, el momento es políticamente relevante. En medio de presiones desde Washington para profundizar acciones contra redes criminales y sus presuntos vínculos políticos, este golpe ofrece oxígeno. Un respiro. Un gesto de eficacia operativa que puede traducirse en voto de confianza temporal en la relación bilateral.
Pero la legitimidad no se sostiene con un operativo, por exitoso que sea. Se sostiene con resultados medibles en el tiempo: reducción sostenida de homicidios, debilitamiento financiero de las organizaciones, control territorial real, ruptura de redes de protección política y el fin de los abrazos.
Ahí está el punto más delicado.
El crimen organizado en México no ha operado en el vacío. Ha necesitado complicidades, omisiones o tolerancias. La pregunta que inevitablemente flota tras cada captura de alto perfil es la misma: ¿cuándo veremos consecuencias para las estructuras políticas que permitieron su crecimiento?
La caída de un líder no desmonta la economía ilícita. Drogas sintéticas, extorsión, minería ilegal, tráfico de personas y combustible robado siguen generando flujos millonarios. Mientras el modelo siga siendo rentable, la silla vacía encontrará ocupante.
El país no amanece automáticamente más seguro. Amanece en transición. Y las transiciones criminales rara vez son silenciosas.
Hoy el gobierno celebra coordinación binacional y eficacia táctica. Mañana deberá enfrentar el verdadero examen: evitar que el vacío derive en fragmentación violenta o que el golpe quede reducido a un mensaje diplomático.
Porque en el mundo del poder —legal o ilegal— el espacio nunca permanece vacío.
La pregunta no es si cayó un hombre. La pregunta es quién, y desde dónde, intentará ocupar su lugar.
@JErnestoMadrid
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